La nueva piel en robots humanoides les permitirá sentir dolor.

La tecnología continúa avanzando de manera sorprendente, aunque la idea suena perturbadora a primera vista, pero ahora los robots sienten dolor. Durante años, la robótica ha avanzado justo en la dirección contraria, intentando crear máquinas resistentes, insensibles y capaces de seguir funcionando incluso tras golpes o caídas. Pero ese enfoque tiene un problema evidente: un robot que no sabe que está dañado puede convertirse en un peligro, y ahí es donde el “dolor” empieza a tener sentido.

Ahora, imaginemos una situación cotidiana en un futuro cercano. Un robot humanoide ayuda a mover un objeto pesado, este se le resbala y cae sobre su pie mecánico. Si el robot no detecta que ha sufrido un daño estructural, intentará seguir caminando. El resultado puede ser una caída descontrolada, daños mayores… o incluso que termine golpeando a una persona. En los humanos, el dolor actúa como un sistema de emergencia: detiene la acción, nos obliga a evaluar el daño y prioriza la autoprotección. Aplicado a la robótica, este mismo principio permitiría que el sistema interrumpa cualquier orden en curso, se ponga en una posición segura o incluso se apague antes de empeorar la avería. No se trata de sufrimiento, sino de prevención de fallos críticos. Sin embargo, el avance llega desde una colaboración entre universidades de Hong Kong y Shanghái, que han desarrollado una piel artificial neuromórfica para robots humanoides. A diferencia de las cubiertas actuales, esta piel no solo protege los componentes internos: también siente. El material imita la organización de las terminaciones nerviosas humanas. Está cubierto de sensores capaces de medir presión, deformación y daño en tiempo real, permitiendo al robot “saber” qué parte de su cuerpo está en riesgo. Pero hay dos elementos que marcan la diferencia.

De esta manera, la primera gran innovación es la incorporación de sensores equivalentes a los nociceptores humanos, responsables de detectar estímulos potencialmente dañinos. Gracias a ellos, el robot puede identificar microfracturas, perforaciones o zonas debilitadas en su piel antes de que el problema se extienda al interior. Esto es especialmente relevante porque, en robótica, una pequeña brecha puede permitir la entrada de polvo, humedad o productos químicos que arruinen motores, pistones y circuitos. La segunda clave es la modularidad. Esta piel artificial se puede sustituir por parches independientes, sin necesidad de desmontar todo el robot. El resultado es una reducción drástica de costes de mantenimiento y tiempos de reparación, uno de los grandes obstáculos para la adopción masiva de robots humanoides. En otras palabras: el robot no solo detecta el daño, sino que está diseñado para sobrevivir a él.

La idea de máquinas capaces de “sentir” sigue generando rechazo social. Cada presentación de nuevos robots humanoides divide a la opinión pública entre entusiasmo y desconfianza. Sin embargo, los propios investigadores subrayan que esta tecnología no está pensada únicamente para robots domésticos. Este tipo de piel inteligente podría acabar en trajes espaciales, equipos de protección para bomberos o sistemas antirradiación, donde detectar una fisura a tiempo puede salvar una vida humana. Lejos de humanizar a los robots por motivos estéticos, dotarlos de una forma de dolor funcional es una decisión pragmática. Es una señal de alarma, no una emoción. Un mecanismo que permite a la máquina reconocer sus límites y actuar en consecuencia.

Finalmente, quizá nunca convivamos con robots que “sufren”, pero sí con sistemas capaces de protegerse, protegernos y fallar de forma controlada. Y en un mundo lleno de tecnología autónoma, eso puede marcar la diferencia entre una ayuda fiable y un riesgo innecesario.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *