CICLISMO || Masajista acabó corriendo el Mundial para salvar a la selección eslovaca

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Vladimir Kovacik subió al avión rumbo a Montreal como masajista de la selección eslovaca. Bajó de él, unos días después, convertido en corredor del Mundial élite.

“Es el sueño de cualquier ciclista, una locura”, admitía Kovacik antes de tomar la salida en una prueba que nunca imaginó disputar cuando hizo la maleta.

Todo arrancó con una cadena de malas noticias. Eslovaquia contaba con varios corredores para la cita, y los fue perdiendo uno a uno. Matthias Schwarzbacher y Martin Svrcek cayeron por lesión. Lukas Kubis, campeón nacional, tampoco pudo correr por problemas con su equipo. La lista se quedó a cero. Y sin corredores, alguien tenía que dar la cara.

La federación eslovaca miró entonces hacia dentro. Y encontró la solución en su propio staff. Presentarse sin corredores podía tener consecuencias en el ranking y comprometer futuras participaciones en Mundiales, Europeos e incluso Juegos Olímpicos. Y con la cita olímpica al a vuelta de la esquina se buscó una solución.

Kovacik, de 28 años, masajea piernas para ganarse la vida, pero antes las movió él mismo sobre una bicicleta. Compitió entre 2014 y 2017 y nunca dejó de renovar la licencia. Llevaba nueve años sin pisar una carrera de este calibre. De un día para otro, volvió a ser corredor.

Nadie pretendía que peleara por el arcoíris. Su presencia respondía a algo más práctico: Eslovaquia necesitaba tener representación en meta para no quedarse fuera del ranking internacional ni comprometer futuras clasificaciones a grandes citas. Estar en la línea de salida ya era, en sí mismo, una victoria.

El contraste con el pasado reciente del país resulta inevitable. Entre 2015 y 2017, Eslovaquia dominó el Mundial de la mano de Peter Sagan, tricampeón consecutivo y una de las grandes referencias del pelotón durante años. Menos de una década después, el país llegaba a Montreal sin un solo profesional disponible y tuvo que tirar de su masajista para no quedarse sin bandera en carrera.

Detrás de lo surrealista había, sin embargo, una historia con fondo. Kovacik no era un desconocido sobre dos ruedas. Conocía la competición, mantenía su licencia, había sido corredor de verdad. Lo insólito era tener que recuperar aquella versión de sí mismo de forma repentina, en uno de los escenarios más grandes del calendario y casi diez años después de haberse bajado del pelotón de élite.

La noticia corrió rápido por Montreal. En una carrera pensada para coronar al mejor ciclista del planeta, uno de los nombres que más se repetía en la previa era el de un masajista que viajó para cuidar piernas ajenas y terminó colocándose un dorsal en la suya.

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