Durante décadas, los grandes interferómetros como LIGO y Virgo se han comportado como faros tímidos asomándose a un océano oscuro. Nos han permitido detectar fusiones de agujeros negros, estrellas de neutrones y los primeros ecos del espacio-tiempo vibrando. Pero ese universo ha sido apenas el borde iluminado de un continente más profundo. Ahora, con el Telescopio Einstein, si todo sale como está previsto, será la expedición que penetre en ese territorio desconocido, capaz de escuchar señales que hoy ni siquiera rozan nuestros instrumentos. Pero, para comprender este salto tecnológico, hay que entender qué limita a los detectores actuales. En la superficie terrestre, todo vibra: el tráfico, el viento, los microterremotos, incluso las fluctuaciones del propio suelo. Ese “ruido” hace imposible oír las ondas gravitacionales más antiguas y débiles, aquellas generadas cuando el universo no tenía estrellas, solo fluctuaciones primordiales.


El novedoso Telescopio Einstein esquiva ese problema moviéndose bajo tierra, enterrado entre 200 y 300 metros de roca firme. Allí, aislado del mundo, podrá bajar su umbral de detección hasta los 3 Hz. Hoy, ningún detector puede oír por debajo de 20 Hz. Y según Michele Maggiore, físico de la Universidad de Ginebra y uno de los líderes del proyecto, “es justo en ese inframundo de frecuencias donde se esconden las historias más antiguas del universo”. La estructura propuesta es monumental: un triángulo equilátero de 10 kilómetros por lado, o dos gigantescas configuraciones en forma de L separadas por cientos de kilómetros.



De esta manera, en su interior, una arquitectura de “xilófono” combinará dos interferómetros: uno criogénico, enfriado a 20–30 Kelvin para silenciar el ruido térmico, y otro de alta potencia láser para cubrir las frecuencias superiores. Es una solución imposible para una sola máquina, pero esencial para abarcar un espectro tan amplio como el que necesita la nueva astronomía gravitacional. La mejora de sensibilidad no solo permitirá capturar eventos más remotos. También ampliará la capacidad de anticiparse a ellos. Hoy, los detectores solo ven la fusión de dos estrellas de neutrones en sus últimos instantes, una fracción de segundo antes del choque. Con el Telescopio Einstein, esa señal entraría en el rango operativo del detector hasta 24 horas antes.


Esto representaría un cambio radical, significa que una red global de telescopios podría apuntar sus instrumentos con antelación a un punto exacto del cielo. Podríamos ver el nacimiento de una kilonova desde su momento inicial, registrar su evolución completa y comparar las señales ópticas con las gravitacionales desde su origen.
