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Van Aert acaba de conquistar su primera París-Roubaix, segundo monumento de su carrera tras varias temporadas infernales en las que las caídas han marcado su cuerpo, pero han dejado libre su cabeza y determinación.
Un triunfo forjado en la resistencia, tras dos temporadas de dolor, que le permitió doblegar a un Pogacar que parecía invencible. El esloveno tendrá que seguir conviviendo con su deuda en el pavé del norte, posponiendo un año más el reto histórico de unificar los cinco Monumentos bajo su reinado.

Resistió la tortura del esloveno en las piedras, no regaló nada a su rival, minando su confianza ante el acoso de Van der Poel y remató al esprint en el célebre velódromo en un día inolvidable para Bélgica que remató Jasper Stuyven con su tercera posición.
Faltaban 120 kilómetros para meta y tocaba improvisar en UAE. Politt, Morgado y Berg se sacrificaron y lograron que su líder enlazara delante antes del Bosque de Arenberg, a las puertas del infierno final de Van der Poel.

El defensor del título echó pie a tierra en el peor momento posible. Intentó reanudar la marcha con la bici de su compañero Philipsen, pero la incompatibilidad de las calas lo hizo imposible. Del Grosso le cambió la rueda, pero volvió a pinchar y la llegada del coche de equipo fue demasiado tardía: para entonces, el neerlandés ya se había dejado dos minutos de oro. Adiós a su carrera.

En este punto de la carrera, Pogacar, Van der Poel, Van Aert, Ganna y Pedersen habían tenido problemas mecánicos serios. La democracia del Infierno del Norte.
Seleccionada la carrera, Pogacar comenzó a pasar el cepillo sin miramientos. Pedersen le duró el primer asalto y en Mons en Pevele comenzó a tentar a Van Aert, que resistía, sabedor de que estaba ante la oportunidad soñada. No quiso dar relevos el belga a pesar de que la amenaza de Van der Poel era real. Solo trataba de recuperar el aliento a la espera del Carrefour de l’Arbre. El plan solo podía ser uno y lo tenía claro.


Tadej quiso solucionar la carrera en el último sector de cinco estrellas. Van Aert siguió sin colaborar en la aproximación al tramo previo y el esloveno forzó al máximo en el inicio, pero derrapó su rueda trasera y levantó el pie en el resto del tramo, con Van Aert mostrando gran solidez a su rueda y generando dudas inmensas en el campeón del mundo.

Por detrás, ya porfiaban por la tercera posición con Van der Poel entregando la cuchara. Tras 258 kilómetros y 50 de calvario adoquinado, todo se iba a jugar a dos vueltas sobre un velódromo de 90 años.
Van Aert cedió la iniciativa a su rival, midiéndolo con precisión quirúrgica antes de doblegarlo con maestría apenas sonó la campana. La gloria, por fin, era del belga. El ciclismo sonríe.