Para pacientes de diálisis, su vida se detiene durante horas, tres veces por semana. Llegan, se conectan a una máquina y esperan. Para ellos, estas máquinas son su riñón artificial: filtran su sangre, eliminan toxinas y el exceso de líquidos cuando los órganos propios ya no pueden hacerlo.
A fuerza de coincidir en las mismas horas, muchos ya se conocen. Unos llegan, otros salen, pero ninguno termina de acostumbrarse a vivir conectado a una máquina. Son pacientes renales y, para ellos, la diálisis no es una opción, es lo que les permite seguir viviendo. Para Rubén Solano, la enfermedad renal significó dejar atrás la vida que tenía.
“Antes jugaba, era jovial. Esto me dio un giro, me tocó cambiar todo. Reduje la movilidad, ya no tengo fuerza. Cansancio, agotamiento”. Rubén Solano, paciente renal.
Pedro Peña es relativamente nuevo en este centro; llegó a esta clínica luego de haber pasado por dos más.
Los cierres lo obligaron a trasladarse de un lugar a otro.
“Me detectaron tarde. Esto te cambia la vida en cuestión de segundos. En diciembre me enfermé, nueve meses en tratamiento, un viacrucis. Dependemos de esto y, si nos falta, vivimos por esto. Es muy preocupante la incertidumbre.” Pedro Peña, paciente renal.
En Ecuador, se estima que unos 20 800 pacientes dependen de estas terapias: alrededor de 6 800 son atendidos en el IESS y 14 mil por el Ministerio de Salud, la gran mayoría en centros privados contratados por el Estado, pero hoy, incluso esas cifras están en riesgo.
Las clínicas que prestan este servicio han alertado sobre las deudas que el Estado mantiene con estos centros. La falta de acuerdos de pago ha obligado a los pacientes a entrar en una disputa que no les corresponde, pero cuyas consecuencias podrían terminar afectando sus terapias.
En una de sus tantas manifestaciones, incluso detuvieron el tráfico en Quito. Algunos pacientes ya denuncian cambios y reducciones en sus sesiones, una situación que, advierten, no es la ideal para quienes dependen de la diálisis para sobrevivir.
Para un paciente renal, la suspensión de un día de terapia significa la acumulación de toxinas, líquidos y minerales peligrosos en el cuerpo, lo que eleva gravemente el riesgo de complicaciones cardíacas y pulmonares.
Para ellos, cada sesión no es solo una cita médica. Son horas conectados a una máquina y la certeza de que, si esa terapia se interrumpe, su vida también corre riesgo. Para un paciente renal, las tres diálisis a la semana no son opcionales. De esa terapia depende su vida.