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La París-Roubaix ya tiene definido su recorrido para 2026. En su 123ª edición, el 12 de abril, el conocido como ‘Infierno del Norte’ propondrá un trazado de 258,3 kilómetros, con un total de 54,8 kilómetros sobre pavés, cifras que mantienen intacta la esencia de una de las clásicas más exigentes del calendario.

La organización ha introducido una modificación en la secuencia inicial de los sectores adoquinados. El orden de los primeros tramos cambia para recuperar un esquema que ya se probó en 2024 y que tuvo un impacto directo en el desarrollo de la prueba.
En aquella ocasión, los cuatro primeros sectores se encadenaron en rápida sucesión, sin apenas respiro entre ellos. Esa disposición endureció la carrera desde muy temprano y provocó movimientos decisivos antes de lo habitual, seleccionando el pelotón y abriendo diferencias en los compases iniciales.

Con este ajuste, la París-Roubaix refuerza su carácter imprevisible. La acumulación temprana de pavés obligará a los equipos a extremar la colocación y la atención desde el primer tramo clave, en una jornada que volverá a poner a prueba la resistencia, la técnica y la capacidad de supervivencia sobre los adoquines del norte de Francia.

La París-Roubaix no se entiende como una sucesión de sectores de pavé, sino como una acumulación de desgaste que termina explotando en puntos muy concretos. Aunque sobre el papel hay 30 tramos, la carrera suele decidirse en una secuencia bien reconocible que combina historia, dureza y táctica.
El gran favorito es, sin discusión, Mathieu van der Poel. El neerlandés llega como el dominador reciente del pavé, un corredor perfectamente adaptado a la violencia de Roubaix: potencia, técnica y una capacidad única para decidir en los momentos clave. Conoce cada sector, sabe dónde atacar y, sobre todo, tiene esa facilidad para convertir una carrera caótica en un escenario bajo control. Si la carrera se rompe en el Carrefour de l’Arbre o incluso antes, es el hombre a batir.

Pero este año habrá otra vez un factor que cambia el equilibrio: Tadej Pogacar. El esloveno ya ha demostrado en 2026 que puede vencer a Van der Poel en su terreno, ganándole tanto en la Milán-San Remo como en el Tour de Flandes. Eso no solo le da confianza, sino que introduce presión directa sobre el neerlandés. La incógnita es cómo responderá Pogacar en Roubaix, una carrera más extrema, menos selectiva por talento puro y más por resistencia acumulada. Si supera Arenberg bien colocado, puede hacer historia.

En ese pulso aparece un tercer actor con ambición: Remco Evenepoel. Su debut con podio en Flandes ha cambiado la percepción sobre sus capacidades en el pavé. No es el perfil clásico de Roubaix, pero su motor y valentía lo convierten en una amenaza si la carrera se endurece desde lejos. Es el tipo de corredor capaz de romper la carrera antes de lo previsto.

El siguiente escalón lo ocupan dos nombres imprescindibles: Wout van Aert y Mads Pedersen. Van Aert siempre está, siempre compite, pero necesita ese punto extra para rematar. Roubaix es probablemente su mejor oportunidad en un Monumento de este tipo. Pedersen, por su parte, combina resistencia y velocidad, lo que lo convierte en peligrosísimo en grupos reducidos.
Por detrás, una segunda línea muy competitiva: Jasper Philipsen, rapidísimo si sobrevive; Arnaud De Lie, pura potencia en crecimiento; Jonathan Milan y Jordi Meeus como amenazas al sprint; además de nombres como Matthew Brennan o Lukáš Kubiš, que buscarán sorprender.